Capítulo 6 - Horas de incertidumbre - Periódico El Caribe

Capítulo 6 – Horas de incertidumbre – Periódico El Caribe

“He vivido lo suficiente para haber aprendido que las aclamaciones a hombres públicos tienen deleznables cimientos y que las rachas nada benévolas de la historia terminan para siempre por desmantelarlos.  Me he preocupado de acercarme al hombre que diseñó Rudyard Kipling en su poema If, un sí no afirmativo, sino condicionado.  La estrofa exalta al hombre capaz de haber visto pasar junto a él, entre sus manos, con la misma indiferencia fundamental, la persecución y la derrota, la victoria y el poder”.

Rómulo Betancourt

         El más íntimo de los colaboradores del Presidente Betancourt no estuvo ese día en la parada militar.  Después de haber visitado al Presidente en “Los Núñez”, el doctor Ramón J. Velázquez acudió temprano a su despacho en Miraflores, a cumplir sus obligaciones como Secretario General de la Presidencia de la República.  Al desfile han concurrido todos los ministros, el alto mando militar y el resto de la burocracia.  Sólo un despacho, el suyo, estaba atendido esa mañana del 25 de junio en Miraflores.  Era la efeméride nacional consagrada al Ejército.

         A sus 43 años, Velázquez tenía un criterio muy definido de su papel como funcionario público y colaborador presidencial.  Su estricto sentido de la responsabilidad oficial le decía que él nada tenía que hacer mostrándose en los actos para aparecer en las fotografías al día siguiente en los diarios.  Por eso estaba en sus oficinas, en momento tan crucial, a sólo cincuenta metros del despacho del Presidente.  Este hecho aparentemente inocuo salvaría al país del caos y le evitaría al gobierno una crisis.

         Aproximadamente a las diez de la mañana, el número de la central telefónica de Miraflores timbró.  Era una llamada de urgencia y el personal del puesto avisó al doctor Velázquez.

         Un funcionario del Ministerio de Sanidad estaba dando la voz de alerta sobre una explosión de la cual él mismo había sido testigo minutos antes.  La voz aseguraba haber visto el automóvil presidencial volar por los aires hecho pedazos.  Para cualquier información, el hombre dejaba su número privado, su dirección y su ficha en el Ministerio.

         Velásquez se dijo que esa era la clase de situación en la que él no debía perder la calma. Haciendo esfuerzos por mantener la tranquilidad, ordenó rápidamente sus pensamientos.  La situación lo exigía en caso de que estuviera ante un hecho consumado.  Lo primero que hizo entonces fue llamar al número del teléfono del carro presidencial.  Nadie respondió.  Discó enseguida el número del automóvil de los edecanes militares, que debía acompañar al del Presidente.  Tampoco recibió respuesta.  El Secretario General de la Presidencia comenzó a preocuparse realmente.  Llamó entonces al número de la persona que había dado la alerta y en efecto, éste levantó el auricular.

         Del otro lado de la línea la voz entrecortada sólo atinó a decir:

         -Todo está ardiendo- mientras describía la pavorosa escena que se alcanzaba a ver desde el balcón de su apartamento.

         La onda expansiva de la explosión estremeció todo el recinto de la Universidad Central de Caracas, rompiendo los vidrios de las ventanas del Policlínico.  El doctor Dato Pagán Perdomo, exiliado profesor universitario dominicano de 35 años, no fue el único de los pacientes del hospital sacado violentamente de la cama por el impacto de la explosión.  Inducidos por una confusa mezcla de miedo y curiosidad, Pagán formó parte del grupo que instintivamente se acercó al balcón en forma de “U” del ala del hospital que daba casi en línea recta, separada por un área sembrada de hierba y arbustos, al lugar donde se había originado el estruendo, en la cercana Avenida de Los Próceres.

         Pagán observó desde el balcón del segundo piso unos cinco minutos después la llegada de una ambulancia.  En sus doce años de exilio en Venezuela, era la primera vez que se sometía a tratamiento médico.  Todo se debió a un repentino cólico nefrítico que le produjo los espasmos más dolorosos sufridos en su vida.  En las tres semanas que había permanecido recluido en aquella sala, nada fuera de lo común había quebrado la rutina cotidiana del hospital.  Ahora, por fin, estaba a punto de experimentar alguna fuerte emoción.  Ni el doctor Pagán ni su compañero de exilio, Napoleón Álvarez, notable jurista y orador dominicano con quien compartía en aquella sala de hospital, podían imaginar que aquella emoción superaría todas las sensaciones experimentadas hasta entonces.

         Ninguno de los dos exiliados dominicanos tendría dificultad en identificar al Presidente, a pesar de su estado.  Aún cuando desde su llegada a Venezuela en 1948 Pagán apenas había visto a distancia a Betancourt, no abrigaba dudas de quien era el hombre herido y solitario en aquella camilla.  Pagán le había visto por primera vez en persona en 1959, cuando Betancourt, recién instalado en el Gobierno, recibiera a un grupo numeroso de exiliados dominicanos en el Palacio de Miraflores.  Pero en aquella ocasión no hubo intercambio de palabras entre ellos y apenas llegaron a estrecharse las manos a la despedida.  Meses después, en ocasión de un desfile en el aniversario de la Independencia, el 5 de julio, Pagán formó parte de un puñado de antitrujillistas que marchó ante la tribuna presidencial portando una bandera dominicana.  Betancourt distinguió al grupo manteniendo su mano en alto en señal de saludo por varios minutos.

         La última vez había sido meses antes, durante una concentración política en la Plaza del Silencio, donde Betancourt se había dirigido a la multitud, con su habitual pañuelo en la mano izquierda, desde el balcón de un apartamento de una familia perteneciente a Acción Democrática.  Pagán había quedado fascinado por las dotes oratorias de Betancourt en aquella plaza.  Recordaba perfectamente su discurso de esa tarde, enfocando los complejos problemas económicos del país con maestría singular, como si se tratara de un maestro de escuela hablándole a sus alumnos.  Lo recordaba por otro dato curioso.  Betancourt había dado seguridades de que la cosecha de maíz, un alimento básico de la dieta de los venezolanos, era ese año de las mejores en muchos lustros; el mismo día precisamente que la izquierda divulgara, más tarde, la información de la llegada a La Guaira, de un buque con un gran cargamento importado del producto.

         Pasado el tiempo, Betancourt no podía tener idea ahora de quien pudiera ser aquel exiliado dominicano que le miraría atónito desde un balcón, aunque distinto fuera el caso de éste.  A Pagán le costaría asimilar que debajo de él, postrado e indefenso, se hallaría en breves instantes el Presidente.

         La sorpresa de los dos exiliados dominicanos y el resto de los pacientes que se agolparon en aquel balcón, resultaba difícil de describir, cuando la ambulancia se detuvo exactamente debajo de ellos, en línea recta, después de disminuir la velocidad y retroceder hasta la puerta de entrada situada en la primera planta desea ala del edificio.  Un fuerte estremecimiento sacudió a los testigos de tan insólita escena, al ver que unos militares, con rostros sudorosos, sacaban de la ambulancia al Presidente Betancourt en una camilla. No podía haber lugar para confusión respecto a la identidad de aquel hombre.  Los militares, moviéndose a toda prisa, colocaron la camilla en el piso entre la pared del hospital y la parte trasera de la ambulancia, justo debajo del balcón, y penetraron en el edificio en busca de ayuda médica.

         Ahora podían verlo directamente a los ojos con sólo mirar en dirección hacia abajo.  Allí estaba el Presidente de Venezuela, tendido en forma rígida, sin mover un solo miembro del cuerpo.  Pagán no podría olvidar jamás aquella escena.  Inmóvil, con la mirada fija, Betancourt los observaba sin señales de temor.  Era una expresión de alerta.  Pagán le miró detenidamente y su mente grabó para siempre aquel traje color gris plomo con el cual estaba ataviado el Presidente y aquellas manos destrozadas y sangrantes cruzadas sobre el vientre.  Betancourt había sido herido, no cabía duda, pero estaba consciente.

         Los dos exiliados dominicanos intercambiaron miradas de asombro y los dos o tres minutos que el Presidente permaneció tendido allí solo, les parecieron una eternidad.  No había ninguna clase de vigilancia a su alrededor y la expresión fija y remota de aquel hombre herido era, a juicio de Pagán y Álvarez, no de miedo sino de alerta.

         Un tropel de médicos y enfermeras, asistido de los militares que habían traído el cuerpo, sacaron a los dos exiliados de sus pensamientos.  Pagán se asombró de pensar que desde aquel balcón cualquiera hubiera podido concluir el trabajo que los dinamiteros de la Avenida de Los Próceres habían dejado inconcluso.  Y con el tiempo llegaría a relacionar aquella expresión, sin pestañear, de Betancourt, con la posibilidad de que él también creyera, en esos momentos interminables, que uno de sus frustrados asesinos pudiera haber estado allí, a escasos metros encima de él teniéndole a su merced desde aquel inofensivo balcón, mientras sus ayudantes militares iban en busca de ayuda médica.

         El Presidente fue llevado hasta una sala del segundo piso, donde había otros pacientes.  Era justo enfrente de la habitación que compartían Pagán y Álvarez con otros enfermos.  En los primeros minutos, el Presidente estuvo allí desprovisto de toda seguridad, en medio del ambiente de confusión y desorden imperante en todo el recinto. A la habitación entraba y salía prácticamente todo el personal del policlínico y los pacientes internados en la segunda planta.  Pagán se dijo que no había quedado nadie allí en el hospital que no entrara en esos minutos iniciales hasta que los militares pudieron restablecer el orden.  Instantes después, el Presidente fue trasladado a una sala privada.

         Pagán se había quedado en el umbral de la puerta mirando al Presidente, tendido ahora, completamente horizontal en una de las seis camas de la sala, rodeado de lo que pensó sería una “verdadera multitud”.  Entre ella distinguió al chofer de la ambulancia.  Todos se movían desordenadamente y hablaban en voz alta alrededor del Presidente, que seguía allí rígido, con las manos despedazadas sobre el estómago.

         Al rato comenzaron a llegar los ministros, colaboradores y amigos del Presidente.  El primero en hacerlo fue, recuerda Pagán, Jóvito Villalba, líder del opositor Unión Republicana Democrática.  Después lo hizo Rafael Caldera y más adelante los jefes militares.  Al mediodía buena parte de la multitud congregada en Los Próceres para presenciar la parada militar, estaba allí para testimoniarle su apoyo al Presidente o, simplemente, para ver cómo había quedado del atentado.

         Los dos pacientes, Pagán y Álvarez, habían visto todo lo que tenían que ver y se retiraron a sus camas, justo antes de que los militares comenzaran a imponer el orden sacando de la habitación donde estaba el Presidente a todos los curiosos.  Pagán musitó después a Álvarez que si algunos de los conspiradores hubiera previsto aquellas escenas, le habría resultado increíblemente fácil consumar su labor yendo allí y colándose en aquella caótica sala vestido de enfermero o de cualquier otra cosa.

         En Miraflores, un hombre se mantenía ocupado dedicado a llamar por teléfono a todos los recintos militares.  El Secretario General de la Presidencia Velázquez, informado por aquella llamada del empleado del Ministerio de Salud, se convenció de que, antes que nada, tenía que hacer algo para evitar un golpe de estado.  Si el Presidente estaba muerto o herido –y él no tenía idea alguna de dónde pudiera encontrarse en esos momentos- la fase siguiente de los conspiradores sería por obligación la de procurar adueñarse del poder.  En honor a su amigo Rómulo Betancourt, Velázquez se propuso evitarlo a como diera lugar.

         Tan pronto como cortara la comunicación con su informante, vecino de la Avenida de Los Próceres, el Secretario de la Presidencia llamó al jefe del cuartel de la Guardia Presidencial para instruirle de que en vista de un acontecimiento muy grave se hacía preciso asumir un estado de alerta y aislar el Palacio Miraflores.  La favorable reacción del oficial animó a Velázquez en su tarea.  Discó entonces al Ministerio de Defensa y logró establecer contacto con un alto oficial de servicio.  Le ordenó investigar las guarniciones cercanas para determinar si había algún indicio de anormalidad.  Al cabo de unos veinte minutos que le parecieron interminables, recibió una seguridad: todo estaba “normal”.

         Quedaban otras cosas por hacer.  Velázquez hizo llamar ante él a dos funcionarios de menor rango presentes en Miraflores y con la ayuda de éstos se pudo inmediatamente en contacto con los gobernadores de los veinte estados del país.  “Le dije a cada gobernador”, recordaría treinta y cinco años después, “que me informara de la situación en cada región.  Los reportes se referían a la existencia de una paz absoluta en toda la República”.

         Alentado por los informes, Velázquez creyó entonces oportuno determinar dónde se encontraba, vivo o muerto, el Presidente.  Se comunicó entonces primero con la Policía Técnica Judicial (PTJ) e inmediatamente después con el Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFA).  Al término de unos veinte minutos le informaron en ambos departamentos que el Presidente había sido trasladado al Policlínico de la Ciudad Universitaria.  Pero Velázquez seguía sin información precisa sobre el estado de Betancourt.  Los primeros datos confiables los recibió poco después del doctor Manuel Montilla, subsecretario general de la Presidencia.  Betancourt se encontraba muy mal herido, pero vivo. En cambio, en el atentado había resultado muerto el coronel Ramón Armas Pérez, jefe de la Casa Militar del Presidente. Heridos también estaban el Ministro de Defensa, el general López Henríquez, su esposa Dora y el chofer del automóvil presidencial, quienes se encontraban también en el hospital universitario.

         Seguro ya de que el Presidente había logrado sobrevivir a este atentado criminal, Velázquez insistió en permanecer en Miraflores atendiendo a asuntos mucho más urgentes. Trasladarse enseguida al hospital para verlo constituiría una imperdonable falta de tacto, habiendo cosas que hacer desde allí, con el Gobierno virtualmente disperso, impactado por el intento de asesinato del Jefe del Estado.

         A pesar de los partes militares dando cuenta de “completa normalidad” en todas las guarniciones, Velázquez no descartaba completamente la tesis de una conexión entre el atentado con un levantamiento en los cuarteles.  Por eso, en la hora siguiente, continuó atento a los reportes castrenses.  Más tranquilo a medida que transcurría la mañana, creyó llegado el momento de poner en manos de uno de sus subalternos de confianza, el director del despacho presidencial, doctor Luis Beras Gómez, del estado de Zulia, la tarea de continuar esos contactos, a fin de adelantar cualquier tipo de alerta.  Hecho esto, Velázquez se concentró en localizar a los ministros.

         La dispersión, según podía comprobar, había sido total.  Muchos de los ministros habían tratado de llegar al hospital universitario, ahora herméticamente cerrado al púbico por las fuerzas de seguridad. Otros en la confusión se dirigieron a sus ministerios y a los locales del partido.  Algunos, simplemente, se encontraban varados en puntos distintos de la ciudad atascados por los problemas en el tránsito provocados por las medidas de seguridad que comenzaban a adoptarse en toda Caracas.

         Hacia la una de la tarde, varias horas después del atentado, Velázquez logró su propósito de convocar al Consejo de Ministros.  Dominado por la ansiedad y el nerviosismo, la reunión dejó encargado provisionalmente del Poder Ejecutivo, ante la ausencia por incapacidad temporal del Presidente, al Ministro de Relaciones Interiores, doctor Luis Augusto Dubuc.  Esta medida sólo regiría por horas, hasta el regreso del Presidente a Miraflores.  El general Régulo Pacheco Vivas asume como encargado de la Defensa y asisten a la reunión otros miembros del alto mando militar, entre ellos el almirante Ricardo Sosa Ríos, comandante de La Marina, cuya evidente autoridad resultaría decisiva en la adopción de medidas para garantizar la estabilidad del Gobierno y la preservación de la paz pública.

         Una vez instalado el Consejo de Ministros, se acordó poner la investigación de la trama criminal de Los Próceres bajo la responsabilidad directa del Ministro de Justicia, doctor Andrés Aguilar Midwley.  La selección obedecía a dos razones.  La primera era lógica y simple.  Como Ministro de Justicia, Aguilar venía manejando desde 1959 la Policía Técnica Judicial.  La otra, no menos poderosa, era su condición de abogado de reconocida reputación en toda Venezuela y de dirigente del opositor Partido Demócrata Cristiano (COPEI), del doctor Rafael Caldera.  El Consejo había considerado oportuno poner en manos de una figura ajena a los intereses del partido en el poder la investigación del caso, con el propósito de que ésta se llevara a cabo dentro de la mayor imparcialidad deseable, en las circunstancias graves que el hecho mismo creaba.  Nadie como el doctor Aguilar, en opinión de sus demás colegas del Gabinete, estaba en tan buenas condiciones de cumplir con este requerimiento.

         Fue entonces cuando el Secretario General de la Presidencia creyó oportuno el momento de ir a ver a Betancourt.  Con gesto mecánico Velázquez consultó su reloj de pulsera.  Eran poco más de las dos de la tarde.

         En la distante ciudad de San Cristóbal, en el andino estado de Táchira, una joven y prometedora figura de Acción Democrática, tendría noticias del atentado de la forma más inusual.  Aprovechando el feriado nacional del Día del Ejército, Carlos Andrés Pérez se disponía a visitar en el Hospital Central de aquella ciudad de su estado natal a un amigo víctima de un accidente mientras arreglaba un cable del tendido telefónico.

         Pérez, de 34 años, era uno de los más cercanos colaboradores del Presidente y se mantenía en permanente comunicación con él.  Había sido su secretario particular en la ya lejana época de la Junta Revolucionaria a mediados de la década de 1940 y había marchado junto a él nuevamente al exilio después del golpe militar que derrocara al Presidente Rómulo Gallegos, en 1948.  Pérez no se hallaba de casualidad ese día en San Cristóbal.  Tras la juramentación de su líder y mentor, el 13 de febrero de 1959, como Presidente Constitucional, Pérez decidió marchar a su estado para asumir las funciones de secretario general de Acción Democrática en la región y luchar por una representación congresional por el Táchira.

         Unos días antes, Pérez recibió la visita de un maestro, Argenis Garabito, director de una escuela del pequeño poblado de la Grita, donde tenía su sede el Colegio Militar Jauri, de las Fuerzas Armadas venezolanas.  El profesor venía a confiarle lo siguiente: la noche anterior habían llegado al lugar personas “extrañas” procedentes de Caracas, para reunirse con oficiales pertenecientes al colegio militar, filtrándose la información sobre la existencia de una trama contra la vida del Presidente.  El hombre gozaba de la confianza de Pérez y el joven dirigente “adeco” tomó la decisión de ir inmediatamente con la denuncia y su confidente ante el comandante de la guarnición militar del Táchira en San Cristóbal, coronel Pablo Flores.  Según daba la casualidad, éste oficial había sido recientemente director del Colegio Militar Jauri. (Flores llegaría a ser años después Ministro de Defensa).

         Garabito sostuvo la información ante el oficial y el coronel Flores llamó inmediatamente por la radio militar al Ministerio de Defensa en Caracas.

         No era esta la única voz de alarma ante un posible atentado contra Betancourt.  En Miraflores, directamente, se habían recibido advertencias desde la embajada venezolana en Madrid respecto de un complot contra el Gobierno.  Los informes del embajador Santiago Ochoa Briceño no especificaban, sin embargo, la naturaleza de la supuesta trama.  Se limitaba a informar que en círculos allegados al depuesto dictador general Marcos Pérez Jiménez se estaba fraguando en la capital española, con el respaldo de éste desde su residencia en Miami, una conspiración para derrocar el régimen constitucional de Venezuela.  Por otra parte, el doctor Ignacio Arcaya, ministro de Relaciones Exteriores de Betancourt, acababa de ser advertido por un primo respecto a rumores de una pronta acción contra el Gobierno.

         En ninguno de los tres casos, al igual que en otros, las denuncias llegaron avaladas por pruebas o evidencias.  Como otras veces en el pasado, las autoridades levantaron una investigación de rutina y archivaron los expedientes.  La Secretaría General de la Presidencia estaba preocupada por esta clase de informes, cada vez más frecuentes, pero carecía de elementos para juzgar si eran ciertos.

         No obstante, la denuncia de su amigo Garabito preocupaba enormemente al joven Carlos Andrés Pérez, que luego de su reunión con el coronel Flores llamó personalmente a Betancourt a su residencia de “Los Núñez” para expresarle su inquietud.  El Presidente, aquejado de una persistente dolencia gástrica, no deseaba acumular más preocupaciones y desechó la posibilidad de una acción criminal en su contra.  Pérez iba pensando en esta conversación cuando al entrar en la sala del Hospital Central de San Cristóbal donde estaba recluido su amigo, escuchó el escándalo de los pacientes y personal médico de allí al escuchar por la radio las primeras informaciones sobre el atentado ocurrido en Los Próceres.

         Pérez abandonó raudo el hospital y se dirigió directamente hacia el aeropuerto para tomar un avión que lo llevara sin pérdida de tiempo a Caracas.

         A cientos de millas de distancia, en la cabina de radio de La Voz Dominicana, la planta televisiva oficial del Gobierno dominicano propiedad del teniente general José Arismendy Trujillo Molina (Petán), hermano del Generalísimo Trujillo, el locutor de turno recibió por tercera vez la orden de mantenerse atento a un cambio en la programación.

         La tirilla no le hizo gracia alguna a Guillermo Peña.  La perspectiva de poner fin al programa especial con motivo del nuevo aniversario de la muerte trágica de Carlos Gardel nada tenía de atractivo.

         En la media hora anterior, decenas de llamadas de toda la ciudad solicitando las canciones del famoso cantor de tangos le confirmaba su creencia de que el club de fanáticos de Gardel era sólo comparable a los seguidores de los principales equipos del béisbol profesional, la actividad a través de la cual los dominicanos, restringidos en sus libertades políticas, canalizaban todas sus pasiones.  Peña mismo se encontraba entre los adoradores de la víctima de la tragedia de Medellín. En su labor de locutor de La Voz Dominicana contaba con experiencias no tan agradables como aquella de llevar a los oyentes un programa especial de Gardel. En las semanas siguientes a las expediciones de Constanza, Maimón y Estero Hondo, en junio del año anterior, él había sido encargado de transmitir algunos de los partes dando cuenta del exterminio de los jóvenes expedicionarios.  Su voz sólida de barítono se había hecho famosa leyendo la sentencia de: ¡Muerto!, cada vez que otro locutor leía el nombre de cada combatiente caído en campaña contra el ejército trujillista.

         Peña logró convertirse en locutor de la planta radiotelevisora de Petán Trujillo después de haber fracasado como intérprete de canciones populares, que no encajaban bien con su timbre y tonos graves de barítono.  Era un hombre alto y fornido de tez blanca, expresión tosca y dura, que hacía recordar a sus compañeros de cabina al típico mayoral mejicano.  A muchos de ellos les recordaba a Pedro Armendáriz, el popular actor azteca cuyas películas se proyectaban frecuentemente por la Voz Dominicana.

         Muy pronto esa mañana supo Peña las causas por las que debía estar preparado para una interrupción brusca en la programación.  Como era la costumbre no hizo preguntas.  Hacerlas podía resultar altamente nocivo para la salud.  Con mano firme levantó la aguja del disco de 45 revoluciones que dejaba escuchar “La Cumparsita”, subió un switcher y se esforzó por dar el tono más grave y solemne a su voz al leer la nota, recibida con un urgente.  Los radioyentes se enterarían así de informaciones extraoficiales según las cuales, el Presidente de Venezuela habría sufrido un atentado momentos antes, creyéndose que pudiera estar muerto.

         El secretario Velázquez quedó muy impresionado del aspecto que presentaba su amigo, el presidente, cuando por fin, alcanzó a verle en el hospital, tras la instalación del Consejo de Ministros.  “El rostro del Presidente era impresionante, por lo hinchado”, recordaría 7 lustros después.  “Lucía increíblemente deformado, con las manos destrozadas”, quejándose de fuertes dolores de cabeza.

         Betancourt se había negado a ser tratado a fondo por el personal médico del hospital, en los minutos siguientes a su internamiento.  La causa era estrictamente política, no científica.  La Universidad era el centro de la agitación contra el Gobierno y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), resultado de un desprendimiento del ala de la juventud más radical de Acción Democrática, era particularmente fuerte en esos predios. El centro de la actividad fidelista giraba en torno y dentro del recinto de la Universidad.  Las autoridades sabían, sin poder hacer mucho por evitarlo, que algunos responsables importantes de la guerrilla que empezaba a hacerse fuerte, encontraban refugio allí, a veces de forma permanente.

         El temor de Betancourt era racional y se entendía en la lógica de la política venezolana.  En su contra proliferaban las alianzas más absurdas.  Elementos perezjimenistas, dentro y fuera de la vida militar, coincidían en sus planteamientos contra el Presidente con los elementos más radicales del MIR y la extrema izquierda.  Cualquiera de estos elementos podía aprovechar la incapacidad momentánea del Presidente para eliminarlo.

         Prefirió por tanto soportar el terrible dolor que le provocaban las heridas, especialmente de las manos destrozadas por el fuego, antes que ser dopado y caer sumergido en un profundo sueño.  No es hasta después que llegan al policlínico sus médicos de confianza, los doctores Víctor Brito y Joel Valencia, cuando comienza a ser realmente atendido, recibiendo las primeras curaciones.

         Las diferencias entre Betancourt y la izquierda procastrista trascendían los límites de la ideología, llegando a un plano de rivalidad crítica. El MIR y las guerrillas propugnaban por su derrocamiento sin menoscabo de medios. Las medidas oficiales de autodefensa, por severas, terminaron alejando las posibilidades de un acercamiento.  Betancourt era un demócrata consumado con décadas de lucha acumuladas en las cuales se escribían historias de penosos presidios y exilios.  Pero no era el hombre dispuesto a sentarse a esperar por un destino determinado por sus adversarios. La extrema izquierda desafiaba a Betancourt y éste aceptaba el desafío.

         Existían antecedentes de estos enconos.  Estaban todavía frescos en el paladar de la extrema izquierda los amargos sabores de un incidente ocurrido en octubre de 1959, provocado por el Partido Comunista de Venezuela (PVC). Fue de hecho, el primer choque violento entre Fidel Castro y Betancourt.  La historia era como sigue: sin autorización del Gobierno e invitados por el PVC, el Che Guevara y Raúl Castro anunciaron su participación en un mitin en Caracas con motivo del aniversario de la Revolución Bolchevique.

         Liscano sostiene en Multimagen de Rómulo, que Betancourt tenía a los dos hombre “por los representantes más decididos de las soluciones marxistas.  De allí que no podía, ni como gobernante encarado con una conspiración alentada por Trujillo y con una izquierda que ganaba terreno, ni como dirigente de A.D. sometida a la infiltración marxista, permitir intervenciones de ese carácter”.

         Entonces tomó él mismo el teléfono y llamó al canciller cubano Raúl Roa: “Si (Raúl) Castro y Guevara aterrizan en el aeropuerto de Maiquetía, desafiando la decisión ya tomada por el gobierno venezolano, no tocarán tierra.  Serán regresados a La Habana en el mismo avión en que lleguen”.

         Este incidente no hizo más que acentuar la enemistad surgida en los comienzos mismos de la segunda presidencia del líder de Acción Democrática, durante la visita de Fidel Castro a Caracas, a pocas semanas de su entrada triunfal en La Habana.

         Castro había aceptado una invitación del presidente provisional saliente contralmirante Wolfgang Larrazábal, a quien Betancourt había derrotado en las elecciones de diciembre de 1958.  En realidad, la invitación había sido efecto de las presiones de los grupos de partidos de ideología marxista que habían sustentado la candidatura de Larrazábal.  Betancourt y Acción Democrática la entendían, de acuerdo con Liscano, como “una maniobra de la izquierda para presionar la opinión pública a favor de opciones más radicales que las que ésta suponía sería capaz de realizar Betancourt”.

         En cierto modo esta era una forma de intentar comprometerlo.  De situarlo ante el hecho de multitudes delirantes aclamando al héroe de Sierra Maestra que hablaba contra las Fuerzas Armadas Latinoamericanas, a favor de guerrillas y posiciones drásticas, que ofrecía tropas para imponer soluciones semejantes a las de Cuba.

         Castro mismo había ofrecido la prueba.  En un encendido discurso en una plaza de Caracas se había dejado entusiasmar por los oropeles de su retórica revolucionaria: “Y en este acto solemne, ante los hermanos de Venezuela –que son mis hermanos, porque aquí me he sentido como en Cuba- les digo, que si alguna vez Venezuela se llegara a ver bajo la bota de un tirano, cuenten con los cubanos de la Sierra Maestra; con nuestros hombres y nuestras armas, que aquí en Venezuela hay muchas más montañas que en Cuba, que sus cordilleras son tres veces más altas que la Sierra Maestra, que aquí hay un pueblo heroico y digno como el de Cuba”.

         El líder de la Revolución cubana pasaba por alto hechos de enorme significación política.  Los estamentos militares venezolanos, en gran medida, eran todavía reminiscencias del aparato represivo del dictador Marcos Pérez Jiménez, derrocado apenas un año antes durante las movilizaciones del 21, 22 y 23 de enero.  A través de los años, la jerarquía castrense se había adaptado a la idea de que Betancourt, quien a partir del 13 de febrero sería su nuevo comandante en jefe, era un militante marxista, enemigo acérrimo de una estructura militar tradicional y conservadora, como la venezolana.  Betancourt había ganado las elecciones, contra muchas predicciones, es cierto, con más del cincuenta por ciento de los votos.  Pero su tarea era en extremo difícil y tenía necesidad, ante todo, de moverse con suma habilidad en las cuestiones militares.

         Las menciones de Castro a la Sierra Maestra y la posibilidad de que sus barbudos intervinieran en Venezuela, dejaba a Betancourt sin opciones frente al indiscreto visitante.  Betancourt estaba empeñado en desarraigar ante los militares la idea, prendida en ellos a través del tiempo, de que él era un radical opuesto a la tradición castrense del país.  El éxito de su Presidencia dependería de cuán eficaz resultara en este esfuerzo.  Castro no iba a estropear sus planes.  Por eso, decidió demorar hasta el último momento su inevitable reunión con el líder revolucionario.

         La entrevista se llevó a cabo, finalmente, en las más insólitas circunstancias.  Liscano describe de este modo el escenario: “Castro llegó con su séquito de comandantes uniformados, revólveres al cinto, barbas al aire y una nube de camarógrafos y fotógrafos.  La conversación se celebró a la luz pública, en un corredor de paredes de cristal.  Se les vio hablar, gesticular, acercarse el uno al otro, alejarse, volver a aproximarse, pero no se oían las palabras.  Entrevista sin audio pero a la vista de todos”.

         En sus papeles, Betancourt documentó esa célebre cita con el relato siguiente: “La conversación pasó de las generalidades a lo concreto.  Castro me propuso, sin preámbulo, que mi gobierno próximo a instalarse prestara al suyo trescientos millones de dólares.  ‘Le haremos entre los dos –según sus palabras- una jugada maestra a los gringos’.  En Cuba, añadió, podía llevarse adelante la revolución sin contar con la cuota azucarera en el mercado norteamericano, y sin necesidad de préstamos de bancos estadounidenses o instituciones internacionales de crédito”.

         “Escuché con paciencia y sin alterarme el encendido alegato a favor de esa ‘jugada maestra’.  Y le contesté recordando la anécdota del viejo sacristán y el cura párroco recién ordenado y con fervor misionero. Ante el reclamo hecho por el cura de que no le hubiese despertado en su primer día en la parroquia el alegre repique de las campanas, le dijo el sacristán: ‘No las toqué, señor cura, por cien razones; una de ellas que no hay campanas’.  Le expliqué a Castro que exhausto y desfalcado encontraría al Tesoro Público el gobierno en trance de iniciarse.  Inclusive precisé que mis colaboradores habían continuado conversaciones con un grupo de banqueros de New York, iniciados bajo el gobierno provisional, para contratar un empréstito a corto plazo por doscientos millones de dólares, porque el déficit fiscal era motivo de alarma”.

         Castro, según el relato pormenorizado de la entrevista hecho posteriormente por Betancourt, no pareció prestar demasiada atención a los planteamientos del futuro presidente venezolano y, en cambio, ofreció “una alternativa; que en vez de dinero contante y sonante, el préstamo se hiciera en petróleo “.  Betancourt no se anduvo por las ramas.  “La respuesta no fue difícil.  Le expliqué que el Gobierno de Venezuela sí podía recibir en especie una parte o la totalidad del royalty, o regalía, que percibe le industria petrolera, y disponer de esa parte de la producción en forma que quisiera. Pero que al liquidar anualmente el pago de impuestos, las compañías deducirían, de acuerdo con la Ley de Hidrocarburos, el equivalente en bolívares de la cantidad de petróleo en forma física entregada al gobierno.  Y que, en definitiva, el país estaba tan imposibilitado, por sus críticas condiciones económicas y fiscales, para hacer préstamos en dinero contante y sonante, como en petróleo, que era también una forma de préstamo en efectivo.  Esta explicación la hice una y otra vez, ante la impresión que tenía de que el interlocutor o no la entendía bien o se hacía el leso, como dicen los chilenos”.

         La entrevista se prolongó hora y media, al cabo de la cual resultaba evidente que una enorme fisura se había abierto entre ambos líderes.  La creciente agitación marxista y la intensificación de la actividad guerrillera contra Betancourt en los meses finales de ese año y todo el 1960, probablemente tuvo su origen en esa reunión sin resultados concretos.  De modo que las reservas del presidente venezolano respecto a su seguridad en el recinto hospitalario de la Universidad Central de Caracas, estaban fundamentadas.

En sus escritos, Betancourt sustentaría después las causas deliberadas de la demora: “Algo más que un error: una provocación fue el discurso del cubano.  Lanzó una diatriba virulenta contra las Fuerzas Armadas de América Latina y poco menos que paredón pidió para su oficialidad. Ahí mismo tomé la determinación de posponer para la semana siguiente una entrevista entre Castro y yo, acordada por colaboradores míos en Caracas.  Estaba desazonado por la forma torpe, deliberada o ingenuamente torpe, como se había comportado el visitante en esos días que no hubiera podido conducir con serenidad de mi parte esa entrevista.  Recordaba, además, la fórmula de la amansadora del caudillo del Radicalismo argentino, el peludo Don Hipólito Irigoyen. Dejaba sentado por horas en la puerta de su despacho presidencial, en una silla amansadora, a la gente a la cual quería hacerle sentir que él era quien gobernaba el país”.

         Betancourt le explicó esa misma tarde a Velázquez cómo él, tratando de abrir la puerta al lado del automóvil en que se encontraba Dora, la esposa del Ministro de Defensa, había sufrido graves quemaduras y las razones de haberse resistido también a ser inyectado para calmar el dolor.

         En buen ánimo, el Presidente intentó sonreír a su fiel colaborador al decirle:

         -Vuelve por mí a las diez de la noche, y tráete una ambulancia.  Me mudo para Miraflores.

En una entrevista con el autor, el 25 de agosto de 1994, Velázquez sostuvo que Betancourt le confiaría después su creencia de que hubiera podido evitar las quemaduras de las manos si no hubiese intentado forzar la puerta del lado en que se encontraba la esposa del Ministro de Defensa.  “Si hubiera intentado salir de un primer momento, no le pasa eso”, dijo.  Sin embargo, la revista brasileña O Cruzeiro, en la edición correspondiente a la semana terminada el 23 de julio de 1960, en un reportaje de Rafael Poleo, sostuvo que Betancourt pudo salvarse “gracias a un cabo de la policía” de apellido Calzadilla, que le abrió la puerta del carro.

Betancourt no era un líder inclinado a creerse predestinado.  Pero el desenlace del atentado cambió su parecer acerca de algunos asuntos.  Las investigaciones demostraron después que Cabrera Sifontes apretó el conmutador apenas uno o dos segundos antes, en momentos en que la parte delantera del automóvil presidencial alcanzaba paralelamente al Oldsmobile estacionado con los explosivos.  La ola expansiva sacudió el vehículo entre el motor y el volante, razón por la cual mató al coronel Armas Pérez, sentado en la parte delantera.  Una revolución más de los neumáticos del vehículo presidencial y el Mandatario probablemente hubiera corrido peor suerte.  A ello atribuía Velázquez que el Presidente le comentara después “no creo en milagros, pero ese fue un milagro”. Betancourt confesaría también a su amigo cuánto padeciera en los momentos siguientes a su llegada al hospital.  “Yo no podía sospechar que el hombre tuviera tanta capacidad para resistir el suplicio”, le dijo al explicarle por qué se negó a ser inyectado o drogado por médicos desconocidos”.

Carlos Andrés Pérez, quien fuera una de las personas más allegadas a Betancourt y años después Presidente de la República en dos oportunidades, sentía una profunda admiración por la forma en que éste afrontó la situación.  Betancourt llegó a relatarle que en un primer momento sobrevino “un desconcierto, un estupor total” y que las puertas del carro no se podían abrir, “pero él no perdió la presencia de ánimo”, al darse cuenta de la gravedad de los hechos y la necesidad de darle rápidamente “la cara al público”.  Fue muy difícil para él, dijo Pérez, “abrir las puertas (del automóvil) y pudo haberse quedado adentro”.  A su juicio, el Presidente logró salvarse porque “no perdió nunca la serenidad ni el sentido”.

José Agustín Catalá, Comisionado de la Presidencia y amigo de años, tenía de Betancourt el criterio más elevado y entiende que sobrevivió a aquella situación grave por su “entereza”.  Era un hombre que “no se doblegaba”.  Betancourt, según Catalá, no le temía a los atentados porque creía que en realidad “la sentencia de muerte se la escriben a cada uno al momento de nacer”.

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